• Juanita Muñoz

Violencia poética: Flanders, de Bruno Dumont


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Esta película hizo parte del tributo al director Bruno Dumont que se realizó durante la edición 58 del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias

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Tan controversiales como aclamadas, las piezas de Dumont se han caracterizado por la basta frialdad que atañe a los personajes, una suerte de estado que podría delatar la falta completa de emociones o la transversalidad de uno solo, constante, aberrante y certero. A través de una asociación, un para nada arbitrario paralelo entre el entorno rural y su carácter primario, y animal. Dumont dota a los personajes con un comportamiento básico, casi que instintivo sin lugar para la razón.

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Demester y Barbe son la pareja principal de la historia. De ellos se desprenden las primeras exposiciones de la sexualidad humana como algo animal, es una acción de entrada por salida, un breve cortejo, inexpresivo y silencioso. El acto va acompañado de un par de gemidos masculinos que delatan la saciedad y el breve alivio que ofrece el apareamiento. Es preciso resaltar que el escenario no es erotizado de la forma en la que lo conocemos o suponemos que debería ser, más bien denota ciertos rasgos que, en primera medida catalogamos como enfermos, violentos y mecánicos. Sin embargo, la tan llamada falta de expresión puede ser malentendida como una ausencia completa de emociones, afirmación con la que discrepo a cabalidad, ya que, a pesar de la rigidez de los personajes dentro de un espectro sensorial tan amplio como son las relaciones sexuales, me permito entonces, remitir el texto a lo que parece una ausencia o bloqueo de las emociones, lo cual da espacio a un estado del alma, un sentir más profundo, animal o humano, que parece haber devorado toda expresividad de hombres y mujeres: la soledad.

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En una primera vista, las relaciones sexuales expuestas por Dumont, se han vuelto sinónimo de violencia, agresividad pasiva y directa, sublevación y objetivización de la mujer, entre otros. Afirmaciones con las que no discuto ya que, es precisamente esa la estructura de sus obras. La exposición de lo humano como algo frágil, degradado y supremamente violento, que podría pasar como alegoría a lo feo, eso que nos habla indirectamente pero que permanece constante, esa belleza prohibida, alienda y real de lo humano. Flanders, como el resto de las obras de Dumont, sugiere que, a mayor decadencia, mayor sensibilidad. El contexto humaniza la figura. Es por medio de escenarios molestos, de los cuales nos sentimos lejanos que es posible la expiación y el conocimiento de nuestra propia naturaleza. La gracia. El cine de este autor está lejos de dar buen ejemplo, que no pretende hacerlo, que más bien procura dar cuenta de una verdad compleja muy cercana a nosotros, bien conocida y sin embargo, aludida y alienada.

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La figura de Barbe es entendida dentro de la historia, como una mujer solitaria que procura encuentros sexuales con cualquier hombre, sin embargo su relación con Demester es de cierta forma especial, ya que son amigos de la infancia. Con el desarrollo de la historia, Barbe se relaciona con Blondel, con quien parece compartir algo más que placer sexual. Ambos hombres son requeridos para acudir a la guerra en un país lejano y desconocido. La inminencia de la noticia y la premura de tiempo afecta ostensiblemente la fragilidad mental de la joven, quien se opone a ello por medio de débiles sollozos y besos apasionados.

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En contraposición con el escenario rústico, quieto y silencioso, la guerra se enmarca dentro del espectro mencionado anteriormente: la frialdad, la inexpresividad, la exaltación de lo animal y primitivo en la vida de los hombres. Un escenario donde todo es permitido bajo las parámetros de la guerra. Es expuesta entonces una serie de sucesos ultra violentos y trágicos como la violación grupal a una mujer, el asesinato de civiles inocentes con el ánimo de saciar el deseo instintivo de ocasionar desmedro y ejercer atrocidades sin razón aparente. Nadie se opone, nadie parece discrepar o acudir a la moral. La violencia se revela entonces como una línea transversal que atraviesa el filme de principio a fin. A pesar de la sucesión de acciones y eventos que atañen de temporalidad a la historia, hay cierto ánimo estático en la narración. Existe cierta poesía en la inmovilidad, en la completa vulnerabilidad de la quietud, la imposibilidad de avanzar y todas las consecuencias emocionales que vienen con ello; la maldad como un estado del alma que devora el ánimo convencional que entendemos como humano y romantizamos con frecuencia. La tragedia como un puerto, como el fin de todos los medios y de donde irremediablemente no es posible retornar.