• Miguel Ángel Morales

Half-life in Fukushima, de Mark Olexa y Francesca Scalisi


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Muy pocos seres humanos están dispuestos a vivir en medio de un recuerdo. La mayoría prefiere dar un giro en la dirección contraria y seguir, no solo hacia adelante sino a donde sea. Parece que a veces olvidar es remedio eficiente contra el dolor de no vivir en un pasado que fue mejor, un lugar que hemos tenido que dejar atrás por obstáculos que existen en nuestro entorno: los políticos son corruptos, las empresas contaminan, el Estado es ineficiente.

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En el documental Half-life in Fukushima, Naoto es un agricultor que vive en la periferia de la Central Nuclear Fukushima, y que en el año 2011 después de un terremoto estalló dejando escapar una gran cantidad de radiación al medio ambiente. Olvidando los detalles técnicos y científicos, no es difícil imaginarse que una catástrofe de este carácter nos instala en un contexto de paisajes desolados, donde los hombres andan con máscaras y trajes biológicos, pues acecha un enemigo invisible contra el que no se puede pelear.

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En medio de este escenario, Naoto decide resistir y nos muestra que se puede ser maleza en medio de la ciudad, ese pasto que entre las grietas reclama lo que es suyo. El protagonista de esta película vive en un área radioactiva solo con la esperanza de poder rescatar el hogar en donde vivió toda su vida y donde nació su hijo. Naoto se levanta cada día con una misión, limpiar casas e ir recogiendo desechos y desmanes que la compañía energética dejó después de la catástrofe. Naoto resiste todas las adversidades con la firme creencia de que quizás algún día su hijo podrá volver a habitar su pueblo natal.

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Naoto no puede hacer nada al respecto, su eficiencia es tal como si uno intentara meter el mar en un hoyo cavado en la playa. El agua desaparece, y no importa qué tan rápido se busque, el hoyo nunca se llena. La tierra ya está contaminada, no hay posibilidad de que se pueda cultivar algo sano por lo menos en los siguientes 10.000 años, evento un tanto lejano como para que Naoto vea cumplir el sueño de vivir junto con toda su familia.

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El concreto calcinado, el acero corroído, las propiedades abandonadas, no es solo el paisaje que rodea a Naoto, sino también lo que se encuentra en el interior de un hombre que ha perdido todo aquello que ha conocido, que busca esperanza en un mundo extraño en donde todo muere y nada puede nacer. Naoto vive en ruinas e intenta sobre estas construir sus cimientos. Pero el tiempo es inclemente, el entorno es veneno y su vejez lo vuelve más lento.

⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀ La película es, cuanto menos, desalentadora. Nos dice que somos pequeños cuando todo a nuestro alrededor se derrumba, no existe seguridad, no hay una madre a la que volver pidiendo consuelo, no hay candidato político que pueda solucionar el problema, no existe fármaco para esta enfermedad, la naturaleza es solo una y siempre ha sido más poderosa que el humano. Ver a Naoto caminando por las calles abandonadas, aun con el eco de la desesperación de los que huyeron dejando todo, hace que Half-life in Fukushima recuerde que en la vida hay puntos de no retorno y que las esperanzas de tanto esperar terminan por naufragar.