• Juanita Muñoz

Hotel by the River, de Hong Sang-soo


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Los ojos de un poeta se detienen frente a un paisaje peculiar: Junto a un río helado se dibujan dos figuras femeninas abrazadas por la nieve. Parece más una aparición fantástica, una suerte de pintura solemne sobre la belleza silenciosa de dos que se hacen compañía. La última película de Hong Sang-soo, nos presenta un cuadro monocromático cautivante que recuerda episodios anteriores de su universo narrativo: historias familiares de la vida contemporánea, la ambivalencia atemporal del carácter humano y la reflexión constante sobre el amor y la muerte.

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Un melancólico hotel en temporada baja resguarda a un poeta viejo (Joo-Bong Ki), que tranquilamente asegura que morirá pronto, razón por la cual convida a sus dos hijos adultos (con quienes no guarda una relación precisamente buena) a pasar un rato familiar. En una habitación aledaña dentro del desolado albergue, una mujer joven (Kim Min-hee), venida a menos debido a una ruptura amorosa, cuida una quemadura reciente en una de sus manos. Desconocemos el origen de la herida, pero el dolor se presenta casi como un símil de su ruptura amorosa. Confronta el dolor pasivamente en compañía de una amiga cercana, acompañante en el duelo.

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Las mujeres, atravesadas por una suerte de espera existencial, salen a dar breves paseos por el paisaje invernal, ríen y conversan afablemente; sin embargo, teñidas con un ánimo impreciso, un dolor acostumbrado. Ambos núcleos, el poeta y las mujeres, se entrelazan ocasionalmente, como el primer encuentro sublime ante la mirada del poeta o la lectura nocturna de un poema en un desolado restaurante, enmarcan sutilmente la fuerza inherente de la narración de Hong Sang-soo y esa familiar sensación, como espectadores, de haber estado allí anteriormente. En el filme, hay una constante exploración frente a la complejidad de las relaciones humanas, así como sus inicios y sus términos (sello del autor). Dentro de la formidable mirada de Hong Sang-soo, se destacan largas conversaciones, coloquios divertidos, agridulces, de un tono eficaz y entretenido para quienes los presenciamos. Sus personajes, dotados especialmente con miradas, gestos y ademanes dicientes de un estado nostálgico, la naturalidad de la tristeza como un sentir constante en la vida, sin monstrificarla y en vez de eso, experimentando las circunstancias con los sinsabores que puedan venir. Dicho esto, cito la relación entre el poeta y sus dos hijos, dos hombres adultos, independientes, que además evitan hablar con toda la verdad frente al encuentro con su padre. Distantes, acuden al llamado de su padre. Parece una visita extraña, casi incómoda, donde los encuentros y las tensiones de la relación entre padre e hijos emergen intermitentes en las remembranzas y las historias personales que, a pesar de la distancia física y emocional, afianzan su innegable lazo familiar. En sus formas enigmáticas, el destino les había preparado última visita para aliviar asperezas. Visualmente, Hotel by the River nos enseña puntos de vista laterales, junto a las mesas, asistiendo conversaciones donde la cámara adyacente se acerca o se aleja, zoom in, zoom out; una suerte de sinónimo con las reacciones colectivas e individuales. A veces, necesitamos alejarnos para ver el todo con mayor claridad, en otras ocasiones, precisamos estar cerca y observar pequeños gestos, sentires individuales que develan progresivamente situaciones, acciones sutiles, y, sin embargo, reverberantes.

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Los personajes de Hong Sang-soo anhelan un sentir profundo. Están dotados con un deseo de contemplar el mundo que fluye a su alrededor, no en un afán empírico sino con un espíritu místico, que no les revela una verdad última, pero sí expande su experiencia sensible. Siempre ambiguos, contradictorios, complejos en su sencillez y sus afanes, que son también los nuestros. La ambivalencia de sus películas, en el mejor de los sentidos, es tal que, además de los escenarios poéticos, parece que estuviésemos asistiendo una clase de documental, uno sobre la vida de la personas experimentando los matices y sabores de la vida. Piezas audiovisuales caracterizadas por un sentir real que nos incluye en su universo. Hotel by the River exalta las relaciones humanas tan banales como complejas, efímeras y prolongadas. Todos los elementos del film giran alrededor de los afectos y sus maneras extrañas, así como un padre que, sin saber qué dejar a sus hijos, solo se le ocurre entregarles un par de peluches de felpa. Con un lenguaje pausado, y riguroso Hotel by the River nos lleva de la mano, en una caminata junto a un río helado, dentro de las habitaciones de un hotel silencioso y un restaurante vacío. Hacemos parte y, de a poco, digerimos lo que se presenta allí, simple y, al mismo tiempo, profundamente poderoso.