• Juanita Muñoz

Tormentero, de Rubén Imaz


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‘’(...) haciendo que la siguiera por una larga serie de cuartos oscuros, al parecer desolados. Pero no; porque en cuanto me acostumbré a la soledad y al delgado hilo de luz que nos seguía, vi crecer sombras a ambos lados y sentí que íbamos caminando a través de un angosto pasillo abierto entre bultos (...)’’

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Este es un fragmento de Pedro Páramo de Juan Rulfo. Aunque pareciera más una descripción cercana de la casa penumbrosa y enigmática de Romero Kantún; el viejo ebrio y agobiado en la película Tormentero, del director mexicano Rubén Imaz.

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El símil entre estas dos obras no está meramente en su valor espacial. Para algunos, tanto la novela como la película poseen estructura, una compleja y escurridiza, mas aseguran que está allí, terminada y sin dejar cabos sueltos. Por otro lado, estamos quienes preferimos deleitarnos con el rompecabezas que se nos ofrece. Si bien es una lectura difícil, no es arbitraria. Se compone a través de una ausencia cronológica y carácter ecléctico. Por momentos sórdida y confusa, tenebrosa inclusive; en todo caso, cautivante.

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Romero Kantún es un viejo pescador que décadas atrás, por azares del destino, tuvo la mala suerte de encontrar un pozo petrolero. Lo cierto es que este hallazgo no solo cambió la vida del viejo como la conocía, sino también la vida de la gente de su pueblo. La aparición de este líquido oscuro fue un sino de muerte para las aguas que lo rodean, fuente de riquezas inimaginables para las mafias y el gobierno, y finalmente un dolor punzante, una herida a sangre fría para una mujer constante y silenciosa, la naturaleza.

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La película dibuja de manera artística el paisaje típico de una economía extractiva: la tierra que abandona forzosamente las prácticas tradicionales de los habitantes locales, el tejido social que se rompe y se fragmenta, el trabajo y las ingentes cantidades de dinero que giran alrededor del nuevo boom productivo y el ambiente libidinoso y abundante que genera la llegada de forasteros y el dinero que corre a borbotones como el petróleo que sale de la tierra.

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El escenario extractivo bien podría leerse al calor de los licores en las fiestas y el derroche, de la música a todo volumen en los parlantes y de las mujeres que hacen el amor por unos pesos en los lupanares. Algo así como el breve encuentro de Kantún con los dirigentes de esta danza. Un cuadro penumbroso con luz contrastada que devela apenas las cuencas de unos ojos lujuriosos, muecas deformes de sonrisas grotescas y burlonas, una atmósfera siniestra y claustrofóbica al son del dinero sucio, un deleite por el oro negro y el sabor a muerte en cada sorbo de licor caro. Romero se postra allí, en medio de la sala frente a sus verdugos, apenas observando el infierno que desató aquel día del encuentro con esa mancha negra, densa e indeleble que terminaría por devorarlo todo.

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En esta trama sórdida, Don Romero Kantún es el signo de la miseria que sufren los habitantes originales de los terrenos que tienen la desgracia de toparse con riquezas naturales en el territorio. Su identidad campesina de pescadores y la de sus coterráneos desaparece; sus cuerpos explotados por la nueva actividad productiva se vuelven espectros, ecos de un pasado que retumban en el tiempo. La identidad no sólo de un hombre, sino de una sociedad, un colectivo ensombrecido por el derroche y la brillantez de un mundo rápido, industrial e inhumano.

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Allí donde el filme se asemeja más al relato de Juan Rulfo, es preciso hablar de la memoria, que en ambas obras podría presentarse más como los fragmentos de una pesadilla, no en su sentido súbito, sino más bien en el desasosiego e incertidumbre que revisten el relato y en Tormentero, una especial angustia. Un arrepentimiento.

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La memoria presentada no como un recuerdo claro, ni demasiado literal sino valiosa por su sentido ambiguo; un hilo de acontecimientos tejido por Imaz con una hechura magistral, un mérito a la construcción de imágenes dicientes, sin muchas palabras: Un dolor perenne. El filme da la impresión de un aparente caos, pero es ese el verdadero tesoro. La tarea que se nos da en su lectura, un trabajo para nosotros los espectadores de construir y deconstruir los devenires que presenciamos.

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Tormentero se erige entonces, así como en Pedro Páramo, como la historia de los espectros. La muerte de la vida tradicional, de sus gentes, en este caso inclusive, de su identidad campesina. Sin embargo, existe un remanente, algo más allá, algo que se asienta atemporal en la narrativa de la película: la memoria colectiva como un ánima perdida y delirante, que deambula en los terruños de quienes la trabajaron; en los recuerdos y en la herencia de los que aún estamos vivos y los espacios que ocupamos. El presente como ausencia, los murmullos narradores y la multiplicidad de una casa oscurecida.

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Sólo a medida que avanza el filme podemos develar, o comenzar a suponer la naturaleza fantasmagórica de la historia. Personajes como Chacho y Ariel, hermanos gemelos de personalidades opuestas y comportamientos extraños. Ariel por su parte obediente y temeroso del viejo Kantún y Chacho, la antítesis de su hermano. También está Yolanda, una mujer misteriosa cuya identidad es indescifrable al no haber claridad de su parentesco con Romero, quien a veces la llama hija y otras tan solo la observa con lujuria. Inclusive hay otro Kantún, que en ocasiones se observa a sí mismo dormir desde otro punto de la casa. Conocemos a otros personajes, todos agobiados, silenciosos, casi imperceptibles; aparecen y desaparecen a voluntad. Posiblemente ecos del pasado, tormentos y dolores; hombres y mujeres que existieron o inclusive personificaciones de los temores y arrepentimientos creadas por Kantún. Posiblemente, la familia que nunca tuvo o de la que perdió rastro años atrás. Es difícil saberlo a ciencia cierta, y es esa su magia: la duda constante, la naturaleza camaleónica de la narración y los acertijos dentro del mundo tormentoso y decadente de la pesadilla. Un sueño enigmático que destruye nuestras nociones de tiempo y espacio. Una convergencia de sentires tan propios de una dolencia mental, casi como un cuento surreal, una mitología en todo su esplendor.

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Antes del cierre, extendida en el suelo arenoso junto al mar, vemos en plano abierto a una mujer desnuda de tez trigueña, rodeada de arbustos marchitos de ramas grises y retorcidas, que mira derrotada al horizonte. Enseguida vemos a Chacho desnudo también, que la acecha, la recorre con ojos obscenos, y finalmente, la asalta. Sin hastío, con un instinto agreste, la naturaleza es violada de manera gráfica y literal, tan física e inhumana que la expresión del violador es fría al punto de la animalidad. Un espectáculo atroz presenciado por todos los personajes, que vivos o muertos, reales o ficticios, presencian silenciosos e inexpresivos la violación; Inclusive el viejo Kantún, todos sumergidos hasta el pecho en el agua, la misma de donde emanó el hallazgo del líquido mortal. Es una metáfora directa del daño irreparable propiciado por lógicas extractivas de un mundo moderno que destruye los órdenes y la vida en los ecosistemas sociales y que hoy se mantienen constantes y silentes.

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Llega la lluvia a cántaros. El fenómeno advertido una y otra vez por Don Rome, al parecer como el juicio final. La desaparición extraña y perturbante del viejo a la luz de un rayo en una noche de tormenta tropical, le pone fin a la realidad distorsionada de Romero Kantún con un cierre de ultratumba. Una paranoia visceral, compleja, una expiación imposible que retrata el sentir del quiebre mental de un hombre y el hundimiento de una sociedad.